Por Silvia A. Ramos
"Hay que devolver el hombre
a sí mismo."
JOSÉ MARTÍ
A
través
de las grietas podemos ver más allá, pero preferimos no mirar.
Si estamos en Cuba, es más fácil pensar que todo será mejor en
otro lugar, en otro tiempo que aún no ha llegado. Si estamos
afuera, pensamos también
que todo cambiará por obra y gracia del tiempo. Pensamos que
“cuando todo cambie” será mejor.
No pensamos en el
privilegio que tenemos muchos cubanos de haber vivido y conocer
a plenitud los dos sistemas sociales que rigen el mundo en estos
momentos. No pensamos en cuánto sabemos que ninguno de los
dos es efectivo para mejorar el presente y el futuro de
la humanidad. Y no pensamos en que precisamente por
saberlo tenemos la responsabilidad de ver más allá.
Es una
responsabilidad con nosotros mismos, con nuestra nación y con el
mundo. Una responsabilidad que muchos eluden diciendo que no hay
remedio, que todos los sistemas sociales fallan por la
propia naturaleza de los seres humanos que los forman y
que, en consecuencia, cualquier sistema terminará en lo mismo.
Me pregunto si es
“la naturaleza de los seres humanos” o es la manera en que
esa naturaleza original ha sido manipulada por los poderosos
para garantizar la permanencia de su poder a lo largo de los
siglos, cualquiera que haya sido el sistema social de turno.
¿Se trata de
“la naturaleza de los seres humanos” o del uso cada vez
más efectivo de los seres humanos como peones del juego del
poder? ¿Ese “uso” cae dentro de la categoría
general de “naturaleza humana”? ¿Cuál es esa “naturaleza humana”
y cómo ha sido y continúa siendo usada, saboteada y
distorsionada por las diferentes sociedades a lo largo de la
historia?
De manera
muy general, las motivaciones que mueven al ser humano se
concentran en la conservación y el mejoramiento de su vida.
Estas motivaciones se manifiestana
través
de conductas intuitivas dirigidas a
buscar el placer y a evitar el dolor.
La mente
humana, a diferencia de la de los animales, tiene la posibilidad
de tomar conciencia de estas motivaciones y conductas e influir
en ellas, juzgándolas, comparándolas, conceptualizándolas, modificándolas,
y haciéndolas perdurar o desaparecer a
través
de su voluntad consciente. Sucede, sin embargo, que esta
posibilidad se halla muy poco desarrollada en las primeras
etapas de la vida.
Los
padres y maestros tienen entonces la enorme responsabilidad de
conducir al niño
en el conocimiento de sus motivaciones y conductas y en el
desarrollo de una voluntad consciente que le permita guiarse a sí
mismo con efectividad.
Sucede, sin
embargo, que son muy pocos los padres y maestros que conocen a
fondo el alcance de esta responsabilidad
y que están capacitados para ejercerla. En consecuencia, los niños
se “educan” por repetición, se enseñan a aceptar y
obedecer las riendas, las órdenes, las ideas de otros
a través
de la imposición de modelos de conducta socialmente aceptados y
la represión de conductas socialmente inaceptables. Se les enseña
a repetir como papagayos y a considerar
que eso es ‘aprender’. Se les inculca la forma en que la
sociedad quiere que sean y en el proceso se les anula su
verdadero ser y la posibilidad de llegar a conocerlo.
Se les crean además los conflictos que
habrán de acompañarlos
por el resto de sus vidas
con la realidad que son y que habitan, y
estos conflictos obran el efecto de
mantenerlos inseguros, temerosos, insatisfechos, angustiados,
agresivos, buscando siempre la forma de salir airosos en ese
campo de batalla que para ellos es la sociedad, batalla
por el
éxito,
la belleza, la riqueza y el poder que
están reservados solo
para unos pocos...
De manera que el
principal mecanismo de poder que obra en los procesos educativos
consiste en sembrar en las mentes de los niños
y jóvenes la semilla de una serie de expectativas
que en realidad resultan inalcanzables para la mayor parte de
las personas y en convencerlos de que, con la actitud correcta,
ellos sí
pueden alcanzarlas.
Este mecanismo ha
mostrado su efectividad para anular al ser humano a lo largo de
los siglos, transmitiéndose de una generación a otra
cualquiera que haya sido
el sistema social de turno.
El deber-ser.
Mi primer
choque con el deber-ser se produjo en las aulas del Instituto
Superior de Arte donde durante cinco años
consecutivos impartí
el Seminario de Dramaturgia (La Habana, Cuba, 1992-1997).
Luego de un
riguroso proceso de selección en el que se intentaba detectar a
los aspirantes con más talento para escribir, de
repente me encontraba con estos muchachos sentados frente a mí,
ansiosos por aprender técnicas
y procedimientos que les permitieran llegar a ser buenos
escritores de teatro… Eran supervivientes de un proceso de
domesticación social en el que milagrosamente habían
conservado el impulso creativo, pero ese impulso se hallaba
invariablemente deformado por sus expectativas en relación con
ellos mismos y con la obra a escribir. Estas expectativas
creaban una enorme angustia capaz de asesinar sus mejores
intentos. Lo que menos necesitaban eran técnicas
o normas de escritura que fueran a alimentar su ya desmesurado
deber-ser y que podían
encontrar en cualquiera de los muchos tratados de dramaturgia
existentes. Lo que realmente necesitaban era descubrirse a sí
mismos y librarse de esa angustia destructiva y paralizante.
En aquellos
momentos pensé
que el problema era producto del sistema social en el que habíamos
crecido, pero al llegar a los Estados Unidos comprendí
que no era así.
Durante dos años
trabajé
en una escuela para niños
pequeños,
donde supuestamente se desarrollaba su imaginación y creatividad
(The Joy of Learning, Miami, 2001-2003). Con gran asombro
descubrí
en este lugar procesos educativos
similares a los que pensaba que había
dejado atrás. Investigué
incansablemente en relación con los diferentes sistemas de
educación alternativa existentes en el mundo e intenté
con todas mis fuerzas promulgar procedimientos realmente capaces
de nutrir la imaginación y creatividad de los niños
a partir de su crecimiento integral como seres humanos… Pero fue
inútil. La resistencia de la administración de la escuela, las
maestras, los padres y hasta de los propios niños
hizo que fracasara el intento.
¿Y cuál era la
causa de tanta resistencia? Sencillamente mis intentos minaban
de forma insoportable su deber-ser.
De un modo u
otro todos estamos llenos de nociones de cómo deben-ser
las cosas, las personas, las situaciones. Nuestra naturaleza es
evolutiva y tenemos la tendencia
de buscar nuestro mejoramiento como individuos y
el mejoramiento de la sociedad y las condiciones en las que
vivimos. Sin embargo, lo que no se tiene en cuenta es que
toda posibilidad real de 'mejorar'
algo requiere
un conocimiento profundo
de ese algo
que se pretende mejorar, un conocimiento que solo se adquiere a
través
de la aceptación, el amor y la comprensión.
Paradójicamente, desde el inicio mismo de la civilización
humana, los intentos de mejoramiento personal y social han
ocurrido a través
del conflicto, el juicio, el rechazo, la condena, la represión y
la violencia. Esta ha sido y continúa siendo la causa de tantas
guerras, del mismo modo que ha sido y continúa siendo la causa
de la violencia que enferma las sociedades contemporáneas.
No enseñamos
a nuestros niños
a amar y comprender, sino a temer y agredir. No los amamos ni
comprendemos, sino que tememos sus conductas inadecuadas y los
reprimimos y agredimos para que a su vez nos teman y respeten.
No enseñamos
a nuestros niños
a conocerse y amarse a sí
mismos, a descubrir sus múltiples posibilidades como individuos
y a desarrollarlas al máximo, sino que les inculcamos desde la
cuna una imagen de cómo deben ser y como deben actuar, y
reforzamos esa imagen condicionando el amor y el apoyo que les
suministramos a su capacidad de cumplir con ese deber-ser. Esto
se refuerza posteriormente en la escuela y en toda su vida
familiar y social, hasta que el conflicto entre lo que son y lo
que deben-ser se convierte en parte inseparable de su ser.
El resultado de
este conflicto es un gran miedo, una gran angustia, que se
exterioriza de dos formas igualmente negativas para el individuo
y para la sociedad:
1.
Pasivamente, a través
de la apatía
y la hipocresía
social.
2.
Activamente, a través
de la competitividad, la agresividad y la violencia.
Ambas son
actitudes eminentemente reactivas. La voluntad creativa se
encuentra anulada por los conflictos del individuo consigo mismo
y con todo lo que lo rodea, y en consecuencia sólo es capaz de
reaccionar a los estímulos
que le llegan del exterior, sólo es capaz de cumplir órdenes o
rebelarse contra ellas.
La mente
ocupada por estos conflictos es una mente repetitiva. La
creación requiere una cantidad de energía
que en estos casos se pierde a través
del corto-circuito establecido entre el ser y el deber-ser. El
individuo no solo es incapaz de crear algo nuevo, sino que
rechaza de plano toda nueva idea que ponga en crisis su sistema
de creencias y le obligue a pensar de manera diferente o
creativa. Es un individuo domesticado socialmente, un peón del
juego del poder.
¿Hacia dónde
vamos?
Todos hemos
pasado por este proceso y basta mirar un poco hacia adentro para
descubrir sus síntomas.
Ellos garantizan nuestra ‘pertenencia’ al rebaño
social de turno, cualquiera que sea el ‘ismo’ que habitemos y
ellos han de ser, para aquellos de
nosotros que aun queremos y podemos ver más allá, el estímulo
fundamental que nos impulse a tomar las riendas de nuestro
propio pensamiento.
Las
consecuencias de no hacerlo están a la vista. No podemos creer
más de manera ciega e incondicional en la buena voluntad de
quienes nos guían.
Lamentablemente, hemos podido comprobar con creces que las
motivaciones de los individuos que ejercen el poder en todas
partes están más dirigidas a su beneficio personal y la
conservación del poder que al beneficio de aquellos a quienes
dirigen.
No somos egoístas ni agresivos por
naturaleza. El ser humano encierra un tesoro de posibilidades
ilimitadas en su ser, de las cuales la agresividad y el egoísmo
son sólo algunas de las manifestaciones que prevalecen en estos
momentos fundamentalmente debido a la educación que recibimos.
Tenemos que revertir los efectos nocivos que esta educación ha
ejercido en cada uno de nosotros llenándonos
de temores y prejuicios, de angustias y violencia, de egoísmos,
fanatismos, dogmas, fronteras, y todo tipo de limitaciones a ese extraordinario poder que se llama AMOR y que todos
llevamos dentro.
Los que
hemos logrado conservar algún espacio para el pensamiento
creativo tenemos la responsabilidad de decir BASTA al engaño,
a la manipulación informativa, a todo lo que
nos divide, a las intransigencias de aquí y de allá,
a la domesticación nuestra y de nuestros
niños…
Tenemos que
encontrar la forma de ver más allá de los estrechos márgenes que
nos ofrecen el capitalismo y el socialismo. La libertad y
la democracia empiezan en la capacidad de cada uno de nosotros
de liberar su mente de todo condicionamiento político
y ejercer su derecho a las grietas, al amor, a la transigencia,
a todo lo que funda la verdadera libertad humana, lo que nutre
el verdadero conocimiento y lo que garantiza el verdadero poder.
Y pienso que es por ahí
que ha de empezar cualquier intento legítimo
de mejoramiento social, tanto en nuestra
patria como en el mundo.
Mayo 27, 2004
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